domingo 11 de marzo de 2012

viernes 24 de febrero de 2012

Función privada

Hoy me levanté pensando en Función privada.



Cuando lo miraba tendría seis años. No veía la película que seguía, solamente recuerdo mirar la presentación, escuchar el tema de Amarcord, de Nino Rota. Una música agradable y misteriosa. En la escenografía una diva a quién entonces desconocía por completo. Mucho tiempo después sabría de quién se trataba. Y dos tipos que casi siempre salían al aire copa en mano, tomando alguno de los muchos vinos o licores que les mandaban. La televisión tenía una cadencia pausada y embelesadora. El 7 no era la TV pública que conocemos ahora. Y yo, con seis años, miraba ese programa sin saber su nombre ni porqué me gustaba. Morelli y Berruti fueron el verdadero dúo dinámico de mi infancia.

martes 21 de febrero de 2012

Una máquina de escribir



"¿Su producción? Sesenta cuentos de cincuenta a doscientas líneas y tres novelas de tres mil líneas al mes. Simenon escribió en 1925 trece novelas- una de ellas Dolorosa, no exenta de elegancia-, veinticinco cuentos serios y unos doscientos cincuenta cuentos eróticos."


"Para la operación Jaula de cristal, prevista para el lanzamiento de Paris Martin- el joven Sim debía encerrarse en ella para escribir a la vista del público durante una semana."


Leo Álbum de una vida y recuerdo esos días en que no puedo escribir un poema. Y al lado de este hombre, es inevitable sentirse poco escritor.

Centenario y Tomkinson. Dic. 2011









lunes 20 de febrero de 2012

Wislawa Szymborska in memoriam


Amor a primera vista

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

domingo 19 de febrero de 2012

Oro nestas piedras


El vino triste

Agazapada casa m` está sperando
en que vuelva a allá y voy ya voy
digo pero no voy sino me hundo
cada vez más en este bar.
(Tráigame lo de siempre.)

Casa qu` en preguntarme insiste. No
sé respondo sólo hice allá

un adiós como decir tal vez, no sé.

¿Y qué pretendo aquí?
¿Salvarme del pasado cerme el sordo?
Late
la casa y acecha ver qué hago.

Sí, debo tener cuidado, hoy
estaba entre los aburridos aquí
y de repente hice un ademán así
como a tomar el ómnibus de vuelta a, y
lastimosamente derrame el vaso de vino.

Avergonzado
salí a la calle para como siempre
seguir quedándome.
Soy el desaparecido de allá.

Transmutación del oro

Dormitaba en la plaza acurrucado
en un banco hacía frío había ido
a no se qué.

El caso es estaba y de pronto
me alza un cóndor en alas y me lleva
a la Cordillera de los Andes.

Ahí ví contra las rocas florcitas amarillas
y ellas me reconocieron;
entonces les pasé las manos por encima
suavemente,
como cuando se acaricia un gato.
Estremecidas por el viento
me devolvieron el cariño arqueando el lomo,
apretándose en mi mano. Les digo
que hasta llegaron a runrunear.

Esto es más hermoso
que mi quimera del oro en esa cordillera.

Jorge Leónidas Escudero

miércoles 15 de febrero de 2012

Rectángulos Transparentes



¿Cuántos argumentos hay para defender la causa de las piscinas frente a un puro y duro baño de mar en la playa? A priori parecería que pocos. El río, el estuario o el océano o cualquier otro curso líquido natural arrancan con la ventaja ecológica, con la pureza de colores, olores, sensaciones, para cautivar nuestros sentidos en experiencias que podríamos llamar “más genuinas”. Pero basta situar la situación y el contexto para esa ventaja de plano empiece a mostrar fisuras. La primera: que ese ambiente idílico y supuestamente natural está corrompido de base por la presencia del ser humano y su contaminación. El ser humano es grupo es un poquito nocivo. Habla, grita, prende radios (y otros medios tecnológicos), pavea, tira arena, llora, vuelve a gritar, pega pelotazos, lleva perros que hacen sus necesidades en cualquier lado, en fin. A veces sucede, además, que la playa puede no estar linda. Exceso de algas, agua revuelta, aguas vivas, corrientes frías de la Antártida que congelan el alma, olor a frito de los paradores. Se puede levantar tiempo en cualquier instante y comienza a volar arena cortante. La lista puede ampliarse dependiendo de la playa y sus características.Entonces, de a poco, la piscina –como el caballo que en la carrera entre a la recta final por los palos- comienza a ganar terreno. La piscina es un rectángulo de agua transparente. Artificial, geométrico, racional, controlado, y con un dejo de cloro en el aire. A veces, el hombre se siente cómodo en un contexto que puede manipular a placer. La piscina parece ese paisaje hogareño que se transforma en una playa privada: domina los sonidos, las olas se vuelven una superficie casi plana, craquelada; la arena que se hace piedra alhaja. La piscina es mucho más humana que la playa porque es un invento. Es más civilizada y estilizada. Y también, esterilizada. Pero además, las piscinas pueden ser objetos bellos en sí mismos. El arte contemporáneo ha tomado como referencia a las piscinas como escenario y como tema. Recuerdo a la carrera películas como El graduado, donde un joven broceando y recién egresado Dustin Hoffman tomaba sol ante los directos encares de Mrs. Robinson. O Adiós a Las Vegas, en la que el personaje borracho que representaba Nicholas Cage se sumergía bajo las aguas de una piscina para incrementar la sensación de irrealidad que lo rodeaba. La portada del disco Californication de los Red Hot Chili Peppers también la usó como recurso.Fue David Hockney, el famoso pintor inglés mudado a las colinas de los alrededores de Los Ángeles, quien reflexionó mejor sobre el sentido estético de una piscina. Entre finales de la década del ’60 y mediados de los ’70, Hockney pintó piscinas californianas y elevó ese espacio mojado a la categoría de mito.Uno de sus cuadros más importantes fue The bigger splash, (ver foto arriba), donde el pintor sintetiza un chapuzón dentro de una franja plana de color celeste con unas pinceladas chorreadas de blanco titanio, con una casa de fondo hecha de líneas verticales y horizontales simples.La piscina refleja el cielo pero también refleja su fondo. El agua que queda en el medio, flotando entre dos mundos paralelos, sostiene a los que se animan a desaparecer debajo, como el personaje invisible del cuadro de Hockney.Hay pocas cosas más lindas que sentir la fuerza de una ola en el mar. La piscina traduce esa sensación y la devuelve como una gran pecera humana, quieta y pasiva, donde uno muchas veces cree estar dentro de un cuadro.

Valentín Trujillo

martes 14 de febrero de 2012

Buen viaje


Nos lo contó Majo, la mujer de Horacio. Yo había viajado a Montevideo, a visitarlo. Había boyado toda la tarde por el centro y por ciudad vieja hasta que hice posta en Los tribunales, una café carísimo que llamó mi atención porque vendía agendas moleskine. Yo tenía que hacer tiempo hasta que Horacio saliera de trabajar, a las 18,30 hs. Entonces me senté a leer en el bar, fui al baño, me mojé el pelo, me cambié el calzado y la remera y me puse desodorante. Algo tienen los baños de los bares cuando se está en otro país con una mochila al hombro. Pareciera que uno pudiera hasta bañarse allí, a hurtadillas del mundo, acicalarse y después volver. En los bares montevideanos imagino una vida de lúmpen, alla Henry Miller, duriendo en plazas y buscando baño y refugio en bares.
A las seis caminé hasta la esquina de Colonia y Julio Herrera de la plaza del entrevero, donde me lo encontré a Horacio, recién salido de trabajar. Horacio tiene un trabajo que no le gusta en una fábrica de mangueras, de la que siempre sale con un terrible olor a caucho impregnado en la ropa. Pasamos por su casa, donde se pegó una ducha, y fuimos hasta un mercadito donde compramos mortadela y cerveza: la tarde estaba demasiado linda para ir a un boliche a tomar la fresca. Subimos hasta la terraza del edificio donde vive, y destapamos una Stout. Anochecía, y en aquella terraza, con la brisa soplando, mi amigo con vaso en mano, la cúpula del palacio Salvo de fondo y todo Montevideo visto desde arriba, no podía pedir más.
Entonces llegó Majo y se sentó con nosotros. Intercambiamos comentarios de ocasión, me dijo que estaba más flaco, pero en serio, eh, dijo notablemente más flaco. Ahá, dije. Silencio. Sopló un viento que trajo más silencio. Murió Spinnetta, dijo. Con Horacio nos miramos. Silencio.
Uno siempre divaga y se pregunta dónde lo va encontrar la muerte de un grande. Y Spinnetta es una de esas personas que yo pensaba que no se iban a morir nunca. Supongo que por lo grande. Así, a secas, en una terraza de Montevideo, Majo nos tiró la noticia. Y a pesar de que corría un aire cálido y húmedo, yo sentí frío y un dolor en todo el cuerpo. Spinnetta se fue como los grandes, que no avisan mucho, que se van sin demasiado preámbulo. Y su muerte me encontró lejos de casa, en Montevideo. Sentí bronca por no estar en Baires con una tv a mano para escuchar las repercusiones. ¡Qué idiotéz! La humana manía de querer adueñarse hasta de las repercusiones de una muerte. Pensá que el tipo arrancó con Almendra a los 18 años, le dije a Horacio. Y nosotros tenemos treinta y pico y estamos a maní y cerveza, me contestó.
Se murió Spinnetta y ya estaba todo dicho. Se fue sin lugar al menor eco posible. Desde Uruguay pensé cómo estarían los medios, cuánto polvo volando por el aire. Y con egoísmo, sentí que el dolor de su muerte me correspondía sólo a mí. Como si nadie tuviese derecho a estar más apenado que yo. Bronca y un celo ridículo: yo lo quise más que nadie. Eso sentí.
A la noche nos juntamos con Manuel y Valentín a mirar Nacional Vasco da gama. Les conté la noticia y ellos también se sorprendieron. Acá se ven canales argentinos, ponemos a ver si pasan algo, dijo alguien. Y ahí estaba TN con una placa que decía "Murió Spinnetta". No lo podíamos creer. Se murió alguien que nos hizo compañía muchos años.
Y me dan ganas de que el blog se quede callado un rato.

Suegros (II)

De Roberto se puede decir que fue mi primer suegro en serio. Yo tenía 18 cuando me arreglé con Maia. Estuvimos un año juntos, tiempo que me sobró para darme cuenta de lo distinta que puede ser una familia si se la compara con la propia. Roberto se había separado de Irene, la madre de sus hijos. Las veces que toqué el tema con Maia, me había dicho que sus padres se habían separado porque su madre había enloquecido. Cómo que había enloquecido, pregunté. Se volvió loca, se fue volviendo loca con el tiempo. Comía flores, nos perseguía por toda la casa porque se había obsesionado con hacernos coquillas. Y cuando nos agarraba nos hacía reír hasta que ya no era divertido, porque nos faltaba el aire y entrabamos en un estado de convulsión. Una vez me acorraló y empezó con su tortura. Mi papá, que justo pasaba la vió y la empujó a un lado. Yo tenía la cara roja y estaba al borde de la asfixia. Después de que mi papá la echara de casa, mi mamá se obsesionó con la cultura física y se mudó a Mercedes, a una casa sin muebles que solamente tenía dos máquinas nautilus a las que no les daba tregua. Eso me contó Maia acerca de mi suegra de entonces.
Mi suegro, en cambio, quedó sólo en una mansión del barrio San Isidro grande, sólo con dos hijas adolescentes y una novia concheta. No quedó tan sólo después de todo, pero a él le encantaba jactarse de ello. Roberto era más bien petiso, pelo corto enrulado y con unos terribles y saltones ojos celestes. En realidad no sé si hay mucho para contar acerca de Roberto. Un tipo calentón -como buen petiso- y de un un humor picante y de doble sentido. Íbamos a comer afuera y al tipo le molestaba muchísimo que le pasara alguien por al lado y le dijera buen provecho. Roberto tenía lista una respuesta que funcionaba a manera de maldición: Que en tu cuerpo sea, respondía.
Con Roberto, también presencié por primera vez como el dinero o mejor dicho, el estilo de vida que lleva una persona, puede hacer que la vida parezca una pantalla, una existencia cómoda y sin cuestionamientos, una sucesión de salidas a comer afuera. Cómo todo el tiempo se miraba hacia adelante para tratar de pensar el próximo programa, la próxima salida. En ese noviazgo no se podía estar sin hacer nada.

lunes 6 de febrero de 2012

miércoles 18 de enero de 2012

Fernández de Palleja



Celebro la aparición de Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta, del amigo Ignacio Fernández. Aquí, un poema del libro.

Durante una temporada, anduve en los montes. Salí de ahí con una barba de profeta. Mi cabeza despoblada me dio más aire austero que místico. No me integré de nuevo a la sociedad sino que más bien la gente empezó a seguirme, a venerarme. Me escuchaban decir cosas que eran verdad y les servían. Traían comida y me ofrecían alojamiento. Las autoridades empezaban a verme con preocupación, no menos que los cuervos y los loros.

Mis palabras eran raíces de ombú, hojas de arrayán o de sauce. Cada dolencia recibía las semillas necesarias.
Mis propios pensamientos cada vez eran más escasos y estaban más aislados. Era la barba la que hablaba, por sí misma, o por cuenta de la planta epífita que la había colonizado y tomaba mis riendas.
Llegó un momento en que el matorral era tan espeso que no podía caminar. La barba tomó la decisión de plantarse.
Plantarme.
Un hombre gordo se sentó a tomar mate abajo de las ramas. Una hoja cayó en medio de la espuma. A partir de ahí, conversamos muchas veces, aunque él nunca supo que en el anillo central había un vestigio de hombre. Tiempo después de su muerte, sigo creciendo, rodeado de gente que trae imágenes del gordo.

martes 17 de enero de 2012

Poesía, de Lee Chang-dong

Vieja con perra

Una vieja flaca y traposa
como un arbusto seco en este aire polvoriento
espera que su perra de tetas fláccidas
beba el agua turbia de la acequia de los maizales.

Mientras espera, embozada en su manta,
nos observa largamente: pasajeros aburridos
de un ómnibus cuyo desmañanado conductor
mea como un caballo detrás de una tapia.

La perra ahíta se le va
pero regresará pronto con más perritos.
En este caserío tan pequeño
nadie se aleja nunca.

El ómnibus reanuda su marcha
y los pies de la vieja ahora parecen penetrar
el subsuelo. Como la Baucis del mito,
enraizada, ya no dará un paso más, y el sol
que se enciende de súbito
la convierte a lo lejos en una fogata oscura.


José Watanabe

lunes 16 de enero de 2012

El verano está azul

a. Con el amigo Luis Suárez.



b. Al mando de los últimos emprendimientos inmobiliarios, en Dubai.

jueves 12 de enero de 2012

Don´t you mind people...

...grinnin´ in your face.

Gwyn


Durante el año no queda tiempo. Demasiados compromisos, demasiados horarios que cumplir. No queda tiempo para al menos comentar los encuentros literarios, las conferencias, las lecturas o los persoinajes que se cruzan por el camino.
A Richard Gwyn lo conocí una noche. Nos encontramos en un bar en Palermo. Él visitaba la Argentina con motivo de una nueva edición del Filba. Y el día que nos encontramos, Brasil y Argentina jugaban un amistoso. En una hora, Gwyn me hablo sobre rugby, una de sus pasiones como galés. Me dijo que tenía que levantarse a horarios insólitos para mirar los partidos del mundial que se desarrollaba en ese momento. Me contó a grandes rasgos cómo era la vida de un vagabundo. Es que él decidió ser vagabundo de motu propio, y así vivió durante una larga temporada. De la experiencia salió un libro que no tiene desperdicio: Vagabond´s breakfast. El desayuno del vagabundo. Y hablamos de Gales, de Irlanda, de sus mujeres, tomamos cerveza y destrozamos a algún poeta. Richard Gwyn, a la distancia: Salúd!

miércoles 11 de enero de 2012

Suegros (I)

Ayer pensaba en mis suegros. En mi historial de suegros. Y como el personaje de John Cusack en Alta fidelidad, me quedé recapitulando que cosa me dejó cada uno.

Tuve mi primer suegro a los 16 años, con el primer amor adolescente. Era el padre de una familia ultracatólica de ocho hermanos. El tipo se llamaba Miguel, pero se hacía llamar Michael. Alto como largo Adams y con la cabeza llena de pelo blanco. De todas formas era un canoso jóven y si algo no le faltaba a aquél hombre era pelo. Era una familia musical, donde todos tocaban la guitarra e iban a misa todos los domingos, tipo Ingalls. En esa familia había una terrible tensión sexual. A medida que fueron creciendo, las cuatro hijas de Michael se vieron beneficiadas con los pulposos genes de sus antepasados. Ya en la pubertad, a las hermanas les era imposible esconder semejante herencia mamaria. Sin embargo, no escatimaban esfuerzos para cubrirse con pulóveres holgados y camisas que cerraban hasta el cuello. Siempre pensé que aquellos escotes no condecían para nada con el clero que practicaban. Y hasta resultaba gracioso verlas sentadas con las piernas cruzadas como indias, practicando las canciones de misa. Esta es la luz de cristo, yo la haré brillar, brillará, brillará, sin cesar, cantaban como entusiastas feligresas. Dicen que cantar es rezar los veces, pero les juro que a cualquier ser humano con sentido común le era imposible no pensar en eso. Me reía para adentro imaginando a los padres de sus amigas, yendo a saludar a Michael a la salida de la iglesia. Viejo, la verdad que te felicito, qué buenas tetas tienen tus hijas, realmente... es un placer escucharlas cantar. Lo peor eran los entierros, cuando las invitaban a tocar a los cementerios privados y ellas encabezaban la procesión, cantando a viva voz, y mientras la gente lloraba, los muchachos se las devoraban con los ojos. Mi novia era la más chica de las hermanas y la que más se animaba a mostrar. A mí me entretenía presenciar la irritación pequeñoburguesa de su entorno, inclusive de sus hermanas, frente a su incipiente y sana putéz.

De la casa de Michael recuerdo muy bien los rituales. A determinada hora, el matrimonio saludaba y se iba a su cuarto y bajaba sobre el pucho, cerca de la cena. Abajo, mientras tanto, pasaba de todo. Se escuchaba música, se tocaba la guitarra... Podíamos estar prendiendo fuego la casa que ellos jamás se iban a enterar ni iban a bajar. Para mí que cogían como chanchos y puede ser porque eso explicaría la razón de tantos hijos y la alteración del estado de conciencia al que llegaban cogiendo --como dicen en Brasil--, estupidamente. Por aquella época, con mis amigos habíamos descubierto el rockabilly y de verdad que hacíamos sonar aquellos bafles, mientras aquel matrimonio católico, apostólico y romano fornicaba sobre nuestras cabezas.

En aquella casa también se tomaba el te y fue ahí donde pude captar por primera vez la real magnitud de esta ceremonia aristosanisidrense. Y digo aristosanisidrense porque en Recoleta no debe ser muy distinto, pero en San Isidro son frugales tés de jardín, donde todo el mundo se pone de buen humor porque se acerca la merienda. Van a comprar cosas o ponen scons en el horno. Abren botellas de coca cola, hacen tortas. Jamás tomaban té ni café. A mí, que venía de una casa en la que se merendaba o se llamaba a tomar la leche, aquello me dejó completamente desorientado. Y es el día de hoy que no sé porqué me incomoda que me inviten a "tomar el té".

En aquella casa pasaba lo mismo con el sexo que con la comida. Las hermanas todo el tiempo insinuaban pero juraban que llegarían vírgenes al matrimonio. Y era igual con el té: era una vía de liberación que levantaba las barreras alimenticias impuestas por los mandatos y por la sosegada obligación de tener que verse flacas para poder conseguir novio. Por un momento se olvidaban de todo esto, se daban rienda suelta y comían a lo bestia. Nunca vi gente tan desesperada por lo dulce. Y hoy veo claro que la lujuria y la gula son casi el mismo pecado.


Por alguna razón, siempre me generaron curiosidad los padres de mis novias. Mucha más curiosidad que las madre. La posibilidad de que algo de su personalidad o de su carácter baje hasta la sangre de su hija. O la psicológica ligazón que existe entre el family guy y su hija mujer. No lo sé. Pero por alguna razón que también desconozco, siempre me salí de mis relaciones con la necesidad urgente de emitir un juicio de valor, de evaluar a mis suegros.


Una vez, mientras pelábamos nueces en la víspera de una navidad, a Michael se le escapó un pedo. Estábamos todos sentados en la mesa y él estaba parado detrás nuestro cuando en un hueco de silencio de nuestra conversación se hizo oír su desgracia. Nadie bromeó, nadie le dijo nada. Él solamente atinó a decir perdón y todos seguimos pelando.


En todo esto pensaba anoche antes de llegar a la conlusión de que Michael es un boludo.

El ilusionista (2010)

martes 10 de enero de 2012

Caligrafías

Hoy toca ser hombre despierto a las tres de la mañana, sin una sola línea escrita.
Hombre en blanco que deja encendida la radio de la habitación de al lado para que le lleguen voces. Espía por una de las grietas de la noche, puede ver:

a un niño que educa una mano, pasa la pluma por encima de palabras apenas escritas en lápiz
en un cuaderno de caligrafías.
a un niño analfabeto que repite palabras que le dictan los dioses.
a un niño en guardapolvos que dibuja palabras que le dictan sus maestros.
Pero el niño no sabe escribir.
a un niño que intenta rezar por las noches y piensa en lo que dice.
El niño cree tener el poder de meterse en las palabas. Y la oración es a la vez ruego y homenaje.

Hay algo en el recuerdo del niño que fue el hombre
que ahora regresa del lejano país y se queda pensando en el poema
que siempre queda en la punta de la tinta.

martes 27 de diciembre de 2011

Drummond

El suelo es cama

El suelo es cama del amor urgente,
del amor que no espera ir a la cama.
Sobre la alfombra o sobre el duro piso
urdimos entre cuerpo y cuerpo la húmeda trama.
Y a descansar del amor, vamos a la cama.


Carlos Drummond de Andrade. En El amor natural.

Tirarse la goma


La gran fiesta sexual.
Debe ser que es enero y el sexo efervesce de la tierra. La navidad se convierte en el mejor preámbulo del festejo del año nuevo del calendario gregoriano, la gran fiesta sexual del mundo. Más aún en sudamérica, donde el verano austral pega fuerte en la piel. Entonces las mujeres comienzan a destaparse los hombros, a mostrar más las piernas; hombres mujeres y perros exhiben sus cueros bien tostados, la gente sale a sudar el tejido adiposo acumulado en el invierno y el tipo de crónica transmite en directo desde esa gran culocracia que son las piletas de parque norte. Lo que debiera ser una fiesta crisitiana y familiar se convierte en la víspera del GRAN festejo, el año nuevo, el vale todo. Con el día 26, los negocios reabren sus puertas y vuelven a llenarse de la misma gente que los saturó el día 24, y que ahora vuelve a cambiar los talles. Tiene que haber algo de liberador en cerrar los años. Al menos siempre flota en el aire la misma sensación: el suspiro de alivio por otro año que termina, el vuelo de las agendas por las ventanas, la expulsión de los residuos del año por la borda. Cierto aire de fatigamiento y hastío en el aire. Debe ser que toda esta bola se sensaciones encuentra su vía de escape, su fuerte reacción en el año nuevo. La regla no falla: a sensaciones extremas, reacciones extremas.

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Permanent vacation es el nombre de un mal disco de Aerosmith. Pero es además lo que vivo por estos días: una larga vacación docente de casi dos meses. La gente en general, los mortales que trabajan de sol a sol en las microcéntricas multinacionales y a los que solamente se les concede una semana de vacaciones, me envidian. Creo que no pueden cuantificar tanto ocio, no toman conciencia de lo que significa un corte de dos meses, no imaginan ese número. A mí me pasa lo mismo con sus sueldos. No hago pié en esos números. Son distintas relaciones de costo-beneficio. El problema está en la regla citada más arriba. Trabajar hasta explotar y después descansar hasta explotar. Y en ese descanso, encima, querer recuperar todo el terreno perdido y hacer todo lo que el año no dejó de tiempo libre. Terminar otro libro, leer el estante entero de los postergados, hacer deporte, dormir, fumar en el balcón mirando los techos de las casas...
Cuando esto termine y tenga que volver al ruedo, va a haber pasado tanto tiempo que no me voy a acordar de cómo se hace lo que hago.

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Tirarse la goma. No me importa lo que diga wiki. Bah, en realidad no dice nada al respecto. A los académicos de la AAL pareciera habérseles escapado la tortuga. Todavía nadie sacó un diccionario o un léxico de frases puercas. Claro han habido aproximaciones, pero sólo eso. Ayer murió el poeta Jorge Perednik. El tipo tenía los ojos hechos de agua. Lo cierto es que el tipo publicó el Diccionario de la injuria, que contiene más de 3 mil insultos y malas palabras utilizadas en Argentina y Latinoamérica. Todavía no lo consulté, pero no creo que aparezca "tirarse la goma", "tirar la goma". Ambas, ambiguas y polisémicas. La segunda pretende aludir a la práctica del sexo oral. En un foro encontré "tirar del pene con la mano o con la boca - masturbar- a otra persona de sexo masculino". ¿Tirar del pene con la boca? ¿No es raro? Digo, hay otros verbos para referirse a eso, mucho más precisos que "tirar". ¿Tirar con la boca? En la terminología sexual de los países anglosajones existen términos que diferencian perfectamente estos dos deportes: Handjob o blowjob. "Trabajo de la mano o manual" y "trabajo de soplar, de soplido" De sopleteo, pienso. Pero tampoco. Ni "tirar" ni "soplar "son verbos exactos. Tanto es así que cuando alguien usa esta expresión -me tiró la goma- detrás viene la duda. No queda claro.
Más claro queda cuando se conjuga distinto: Tirarse la goma es no hacer nada. Dormir hasta tarde, saltearse comidas, sacarse el reloj, ir al cine de trasnoche, organizar viajes de un día para otro.

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No existen dos personas más distintas entre sí. Él es veterinario, vive en Manzanares, domador de caballos, conocedor del tacto rectal a vacas y del reflejo de fleming. Él me explicó que el reflejo de fleming es el reflejo involuntario de los caballos cuando ven a una yegua alzada. Sogero. Gran madrugador. Él y yo. Ayer, en una reunión de amigos, en el jardín de la casa de uno de ellos, debajo de una lámpara que se había quemado y degustando uno de los mejores cigarros de la temporada (un González Márquez). Me dijo que necesitaba despejarse, cambiar de aire, que estaba cansado del campo. Qué paradoja, pensar que hay gente que va al campo para despejarse y el tipo necesita rajarse. A mí la idea se me había ocurrido dos días antes, en un excursión en kayac por el Delta con mi cuñado. Hay carne de relato en una excursión en kayac con tu cuñado. Pero hablaré de eso más adelante. A la luz de los cigarros ardiendo se la tiré: Vamonós pájaro. Vámonos a la mierda. Buenos Aires es una cagada en año nuevo. Agarramos la carpa, dos sillitas y nos vamos a un camping a la loma del culo. Al mar. Pájaro, tirar carne a la parrilla todos los días, bañarse, echarse a lo lagarto, comer afuera, salir de pesca... El tipo me miró y abrió grande los ojos. Cuándo, me preguntó. Pasado mañana (por mañana). Te sigo a donde vayas, tano. Y hacia allá vamos: a una ciudad balnearia. Vamos en lancha colectiva, que nomás hasta llega hasta carmelo se mete por todos los arroyos y recovecos del delta. Dos tipos diferentes como no hay. Una carpa. Dos sillas. Dos libros. Un estuche con cigarros.

domingo 11 de diciembre de 2011

lunes 5 de diciembre de 2011

Santana: "La poesía es todo y nada al mismo tiempo"

Y unas anécdotas buenas sobre Borges:

miércoles 30 de noviembre de 2011

Hugo Mujica: dos poemas.



HACE APENAS DÍAS

Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto.

Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.

Hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba.

Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.


HAY PERROS QUE MUEREN DE LA MUERTE DE SU AMO

Hay perros
que mueren de la muerte de su amo

cuerpos que no hacen el amor,
hacen el miedo

que no se agitan,
tiemblan.

Y hay hombres
en los que muere dios
como una gota de lacre
sobre el pecho
de un torso de mármol,

son los que lloran cuando creen
estar hablando,
o gritan soñando, pero al alba
olvidan el grito
con que encendieron la noche.

Hay hombres en los que gime dios
por no encontrar un hombre
donde morir de carne,

pero no llora como quien lo hace
solo,
llora como quien llora abrazado a un niño.

Un saludo para Joao Cabral de Melo Neto


Estoy queriendo un poema para Ud.
Joao Cabral
desde hace un año.
Pero temo que no me salga
como a Ud. le salen los versos;
temo que mi mano se apresure
y el latido se pierda en la madera de esta mesa
sin manchar siquiera
este papel en que escribo.

Yo saludo con la cabeza más despejada
su susurro.
Ud. puso las palabras en la puerta de su casa
y las dejó evocar a su río
hasta que el río inundara las palabras.

Saludo a su boca entreabierta a la medida justa,
no vaya a ser que pase una palabra
con un sueño demasiado hinchado.

Saludo su boleto hasta la esquina de mi casa
o mejor todavía
hasta mi propia esquina, (porque no hay
viajes al universo, apenas dos o tres
palabras bien desabrochadas).

A veces sueño que pudiera ser que un día
nos embarquemos en un bote a orillas
del Capibaribe
y mantengamos unas conversación
infinita.


Raúl Santana
Sao Paulo 1967.

lunes 21 de noviembre de 2011

Nota en Brecha


Esta es la nota aparecida en Brecha con motivo del "VI Encuentro de escrituras de Maldonado".

SECUENCIA



1. Domina el ogro. Leorminator sigue la maniobra de cerca: quiere cobrarse revancha de la lesión del partido anterior. D. corre hacia el alambrado. Una entusiasta editorial alemana se ha mostrado interesada en publicar su obra ganadora y paga derechos en euros. La remera del tocayo es la misma de hace cuatro partidos (sino busquen en entradas viejas).
2. Pa que tengas, guardes y archives, ronaldito, dice la guadaña.
3. N.N se ríe porque el réferi no cobra. Críticos literarios y músicos exiliados miran de cerca.

Tan solo un escritor de cocina...

Dialéctica de blog


Me lo dijo un amigo, hace un tiempo, mientras caminábamos por la playa: "Me gusta esa respiración que tiene el blog, a veces acelerada, en días en que los posts se amontonan, tengo tiempo y no le doy respiro; otras veces desacelerada, más bien mínima en que no publico nada durante largas temporadas y la gente -supongo- debe preguntarse si lo debo de haber abandonado". Dijo así, si lo debo de haber abandonado, y yo me puse a pensar en lo extraño de un blog abandonado, una casa virtual abandonada. Hay algo de decadencia, algo del polvo que el aire va carcomiendo, la casa virtual derruida que va perdiendo atractivo y que no puede mantenerse inmune al paso del tiempo y de las visitas de la gente, que entra, no ve nada publicado y se va. Insiste al día siguiente, no encuentra a nadie y se va. Insiste nuevamente al tercer día y vuelve a irse para ya no volver. Y el blog que pierde seguidores. La misma foto, el mismo texto de hace cuatro, cinco meses atrás, ninguna novedad y los lectores que se preguntan si ya nadie viene por aquí, si el blogger se ha puesto a escribir una novela, si consiguió trabajo o qué. También a mí me pasó lo mismo con muchos blogs a los que sigo. Pasar y no ver nada y quizás pasar dos meses después y volver a no ver nada y leer entradas antiguas, vichar lo viejo -porque un blog también es todo lo escrito en el pasado, como un work in progress al infinito y más allá- y pensar "no sé para qué sigo viniendo por acá, este tipo tiene que anunciar que cerró el blog". Y se espera el anuncio del autor/ administrador del blog: "Como se abrán dado cuenta, ya no ando por aquí..."

Y en el momento menos pensado, lentamente el blog empieza a respirar de nuevo. Como si fuese capáz de invernar como otro animal corriente. Y vuelven las reseñas, y vuelven las entradas a manera de las viejas bitácoras. Es esa dialéctica secreta de los blogs, esa capacidad de arrojar textos al vacío. De atragantar lectores o de matarlos de hambre.

miércoles 19 de octubre de 2011

Cuando todos se vayan


Cuando todos se vayan a otros planetas yo quedaré en la ciudad abandonada bebiendo un último vaso de cerveza, y luego volveré al pueblo donde siempre regreso como el borracho a la taberna y el niño a cabalgar en el balancín roto. Y en el pueblo no tendré nada que hacer, sino echarme luciérnagas a los bolsillos o caminar a orillas de rieles oxidados o sentarme en el roído mostrador de un almacén para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre los mismos hilos de su red caminaré sin prisa por las calles invadidas de malezas mirando los palomares que se vienen abajo, hasta llegar a mi casa donde me encerraré a escuchar discos de un cantante de 1930 sin cuidarme jamás de mirar los caminos infinitos trazados por los cohetes en el espacio.

Jorge Teillier

viernes 7 de octubre de 2011

Fútbol literario

martes 4 de octubre de 2011

LOS ENTREGADORES por Fabián Muniz

A Hugo Rovira...

El sol desprendía sus primeros rayos en la estación Sosa Díaz cuando Eudosio, el estanciero, el patrón, bajaba y subía a ritmo parejo el hacha, mientras colocaba los rolos en posición de ser despedazados. Las astillas casi se hacían solas a esa altura de la vida. Los perros ladraban. El hombre comenzaba a traspirar, pero aún no sudaba. Primero se arrimó Jesús, el peón más antiguo que tenía. Era con el único que se podía tomar mate de la misma bombilla, decía él. Porque los nuevos nunca le habían terminado de convencer, y si no fuera porque había mucho más trabajo que antes, hubiera preferido quedarse solito con Jesús. Ayer desapareció otro caballo, Jesús. Nos están robando como loco. No diga, jefe. Parece mentira. Se podía estar tranquilo hace unos añitos. Y ahora… menudos sabandijas son por acá. Yo, si llego a ver alguien de noche, Jesús, le meto una bala en la frente, le meto. Que no te quepa duda. Siguió con la leña y Jesús fue a dar agua a los últimos caballos que quedaban en la estancia. El alambrado cubría cerca de cien hectáreas, y eso era mucho para la vigilancia de dos personas. Eudosio estaba veterano ya, y Jesús hacía lo que podía. Los otros eran medios vagos, pero Jesús notaba cómo su trabajo individual había disminuido con la llegada de ellos, y entonces no tenía por qué protestar. Además el patrón no era él. De repente, Jesús sintió el motor de la Dacia y supo que Eudosio iría a la ciudad. ¡Jesús! –gritó casi en el camino, sacando la cabeza por la ventanilla-. Voy a Salinas a buscar provisiones y balas. Vigilame a esos dos nabos. No se preocupe, jefe. Pa´ ellos tengo cinco ojos. Terminó de sacar la camioneta y se bajó para cerrar la portera. Luego subió otra vez, piso el acelerador y la Dacia se perdió en la lejanía de pedregullo. Eudosio tenía pensado pasar por la casa de Regina para ver si le faltaba algo. Muchas veces se quedaba sin café. Será porque le seguía dando a ese atorrante. Si se llegaba a enterar de que le seguía pidiendo cosas a su hija, le iba a meter un faconazo limpio en la panza y le iba a sacar las tripas. Y lo haría en serio. Ese tipejo ya no tenía nada que ver con Regina. Y todavía la trataba de puta, no reconociendo a su hija. Regina no se anda acostando con otros hombres, pensaba Eudosio encolerizado, con las dos manos firmes en el volante. La ruta era una larga serpiente de asfalto, casi desolada a esa hora de la mañana. La Dacia se comía el camino y los postes de los costados iban dando los buenos días, veloces. Por allá adelante, Walter le hacía señas con las manos. Se detuvo. Menos mal que te veo, Eudosio. Me robaron los caballos. ¿No sabés nada? A mí también, Walter. Hay alguno que se anda pasando de vivo por el pago. Milton del almacén dice que anoche fueron a tomar dos desconocidos. Hay que andar con ojos en la nuca, eh. Avisame cualquier cosa. La camioneta siguió rumbo a la ciudad, a la que llegó media hora después. ¿Cómo anda?, déme un cartucho de balas medianas, pan galleta, cinco libros y un par de clavos, que me rompieron la portera. ¿Y las balas, Don Eudosio? ¿Está bravo en la estación? Andan robando caballos, algunos. Agarró la bolsita. ¿Cuánto? Seis pesos. Gracias. Salió de la tienda. La casa de Regina quedaba a tres cuadras. La Dacia frenó y apagó el motor en frente. Se bajó Eudosio y golpeó las manos. Regina corrió la cortina de la ventana y observó. Luego dejó caer la cortina para que volviera a su lugar, y al ratito abrió la puerta. Pase, padre, pase. Eudosio acarició a Rengo y avanzó por el caminito floreado. Rengo le iba haciendo fiesta, movía la cola y le bailoteaba por los costados, cortándole el paso de vez en cuando. ¡Cucha, Rengo, cucha… deje pasar! El perro obedeció. Eudosio besó en la frente a su hija. Luego pasó y atrás entró ella. Ta frío. Acérquese a la estufa, padre. Eudosio puso las manos para calentárselas. ¿Volvió el tipejo? ¿Usté se refiere a Rigoberto? ¡Ni lo nombres, mija, ni lo nombres! La mujer caminó hacia la cocina. Se detuvo a pensar. ¿Quiere té, padre? ¿Volvió, sí o no? Sí. Yo sabía, ¡Qué atorrante! Decime dónde está viviendo ahora. ¿Qué le va a hacer? Le voy a hablar. No, padre, usté lo quiere matar. No, le voy a hablar nomás. ¿Y la nena? Está con él. ¿Con él? ¿Y desde cuándo se va con él? Es el padre. ¿Y desde cuando asumió el cargo? Que yo sepa la nena come por mí, no por el tipejo ese. La mujer calló. Sabía que su padre tenía razón. ¿Quiere té, padre? Sabés que no me gusta el té. Café, sí. No hay, padre. De vuelta te llevó el café el tipejo, y vos querés que no le haga nada al chupasangre ese. Por favor, padre, no quiero más líos. Entonces dejame solucionarlo. Le voy a buscar café si quiere. No, no quiero, me voy. Rengo se quedó en la cucha cuando Eudosio salió por el caminito, vencido ante las plegarias de su hija, pero aún más vencido ante aquella injusticia que no podía solucionar. Mientras ella lo encubra, mientras sea cómplice de la idiotez del tipejo ese, nada podía hacer para remediar la situación. Nada. Prendió la Dacia y tomó la ruta que lleva a Sosa Díaz.

El camino de regreso se había poblado de fantasmas. En su cabeza el pasado ganaba volumen poco a poco, como en el ícono de la cadena evolutiva, donde vemos al primer hombre agachado y con rasgos simiescos, y al último recto y de pie, caminando hacia un futuro incierto. Eudosio recordó. Recordó mucho. Recordó, por ejemplo, cuando Jesús había llegado a la estación. Era un mozuelo, inocente, que fue aprendiendo a los golpes. Recordó la historia de cuando Jesús tuvo hambre por el camino, y se detuvo en el Almacén a comprar una torta frita. Como era enorme y él se había llenado con la mitad, le dio el resto al caballo. Esa noche el caballo durmió acostado en el camino, con un dolor en el costado que, ni aunque tuviera palabras, habría podido expresar. Los agónicos quejidos del equino sirvieron para comprender el grado del ardor de la puntada. Él, preocupado por la demora, salió a alcanzarlos y se trajo al chico en la camioneta, dejando al caballo acostado, porque era imposible moverlo. Cuando llegaron, metió a Jesús al galpón oscuro, lo hizo arrodillarse y castigó su espalda con el rebenque hasta que la columna vertebral comenzó a asomarse por la piel. Los gritos del muchacho sonaron espeluznantes, sin embargo nadie los oyó. Nadie excepto Eudosio había para oírlos. Nadie le tuvo compasión. Al otro día, el caballo estaba rodeado de moscas en el mismo lugar del camino que lo habían dejado tirado. Pero en ese momento no había robos por el pago. Era un lugar seguro y todos se conocían. Fue con la parcelación y venta de terrenos, cuando muchos extranjeros habían llegado. Y con ellos, nuevos peones de otros lados de Canelones. Otros seres de los que nada se sabía habían invadido la tierra natal de Eudosio. Y fue entonces cuando comenzó la decadencia. Recordó el velorio de Alberto. Todos estaban vestidos de negro, llorando a cántaros, y Minas se había convertido en un lugar sombrío. Regina era muy chiquita y no entendía nada. Se acercaba a cada uno de los familiares del difunto diciendo ¿Te asustaste cuando tu padre mató un chancho? Y les aplaudía en las narices. Todo el mundo miraba a Eudosio y se desconcertaba por aquella niña irrespetuosa. Hasta que él la tomó del brazo y se la llevó lejos, donde le dio un escarmiento. Luego todos fueron a la playa, en Salinas, y tiraron las cenizas al mar, como lo había ordenado en su testamento el finado. Recordó, también, al alemán que tuvo que huir, porque había llegado a Sosa Díaz ocultándose de la policía. Se dedicaba a la pornografía infantil. Llevaba consigo una maleta con muchísimas imágenes asquerosas, que sólo unos pocos enfermos y pedófilos podrían comprar. Sin embargo, para refutación de esa hipótesis, el alemán era millonario. Cuando un oficial preguntó a Eudosio por él, éste le mostró dónde se hospedaba el viajante rubio. Por supuesto Eudosio no supo, hasta ese momento, a qué se dedicaba el señor Hoffmann. Solo sabía que estaba de paso y que no se quedaría mucho tiempo. Como pagaba el alquiler con prolijidad, Eudosio no había sospechado nunca de nada. Cuando el oficial y Eudosio le tocaron la puerta a la pequeña casucha en la que se hospedaba Hoffmann, nadie contestó. El oficial y un raso, flaco y alto como el cuello de una jirafa, tiraron la puerta al tercer empujón. Hoffmann ya había abandonado el predio y, posiblemente, el departamento o el país. Solo se le habían olvidado algunas imágenes que había apartado quién sabe para qué. Era tan desagradable ver aquellas fotografías que la policía las guardó en una carpeta de archivos y se llevó a Eudosio para averiguación. Lo soltaron al poco tiempo, porque no tenían cargos contra él.

Cuando dejó de recordar, ya había llegado al campo. Estacionó la Dacia y se dirigió a la portera con el martillo y los clavos para arreglarla. No le llevó mucho tiempo porque ya tenía maderas guardadas por si acaso, y las medidas eran casi perfectas, como si hubieran estado guardadas para el caso. Al cerrar el portón, se dirigió a la casa. Jesús lo recibió con cara de susto, golpeado y sangrando por la nariz y la boca. Se los llevaron. Se los llevaron. Eran entregadores los hijos de puta. Vinieron dos que no conocía y estos hijos de puta los dejaron pasar. Cuando yo me enteré los quise parar pero me la dieron como adentro de un gorro, jefe. Después rajaron y se llevaron todos los caballos. No tenemos nadita, jefe. Eudosio estaba como aletargado, pero sin dejar de contemplar. Abarcó el campo con una mirada. A lo lejos veía la casucha que le había alquilado a Hoffmann, hoy una tapera digna del olvido. Veía los árboles sin hojas. Veía el palenque sin cuerdas, vaciado por la devastación de los otros. Veía el agua que los caballos no habían bebido. Veía. Veía. Solo podía ver.

domingo 25 de septiembre de 2011

TAXIDERMIA por Pedro Mairal


¿No cambiás la radio o la bajás un poco, por favor?, le dije al taxista. Estaba llevando a mi hijo al colegio y a las ocho de la mañana, a gran volumen por los parlantes de atrás, un programa de esos que mezclan la información con el humor no paraba de taladrar el cerebro de los oyentes con unas guasadas explícitas, homofóbicas y violentas que mi hijo asombrado ya venía memorizando para repetir en el recreo. La respuesta del taxista fue sólo una mirada de odio en el espejo. Después, con mucho delay, bajó apenas un poquito. La vuelta en colectivo siempre es un alivio. Dejo a mi hijo en la puerta, lo veo entrar con su mochila, me agarra ese estrujamiento del corazón cuando pega la vuelta en el codo de la escalera y ya no lo veo más, y me voy a tomar el colectivo. Entonces entro en una frecuencia totalmente distinta.

El taxi no te deja olvidarte de vos mismo, con esa cosa personal de uno a uno con el taxista, incluso si no le hablás, ese silencio, mirando caer las fichas del taxímetro del yo, esa deuda que se va acumulando, y el aire de gran señor que te da el taxi, todo ese auto para vos, para tu destino individual. Por un ratito tenés chofer. Y entrás en su ámbito, su anexo doméstico, su olor, su humor, su radio, su ideología, su hartazgo general, su bronca vial acumulada, su peluche colgando del espejo. Te encapsulás con él todo el trayecto. Por quince o veinte pesos, sos su confesor y él el tuyo. (Se me ocurre un consejo para la Iglesia: poner taxis-confesionario, con curas taxistas; subís, te dice: ¿Tiempo desde la última confesión?, baja la banderita y arranca. Entre el asiento de adelante y el de atrás iría una división con esterilla. Nombre posible de la empresa: El buen camino.)

No sé si es la fugacidad de ese vínculo entre chofer y pasajero lo que provoca la confesión, pero no falla, no bien se baja la bandera, taxista y pasajero se intervomitan sus secretos horrendos: infidelidades, frustraciones, tragedias personales, crímenes... Total, el otro se va a perder en la multitud y hay que aprovechar la oreja momentánea para volcar la inquina destilada. Encima a mí no me salva ni el fútbol. El otro día un taxista me preguntó de qué cuadro era. De Racing, le contesté. Ah, somos vecinos, me dice y se me queda mirando, esperando mi reacción. Silencio. Yo me acordé de Independiente de Avellaneda, pero no estaba seguro, capaz que había otro vecino, así que no dije nada. El siguió con el examen y dijo: ahora el 22 jugamos con River... Me miró inquisitivo por el espejo, pero sonaban grillos en mi sonrisa silenciosa. Pobre tipo. Y pobre de mí, también. El diálogo era como un formulario; me dejaba la frase picando para que yo completara el espacio en blanco. Al final no quedó más remedio que caer en territorio seguro y unánime: hablar mal de Macri.

Supongo que el estrés del tránsito, la violencia de la calle y la alienación van haciendo de cualquier persona sana un Travis Bickle al volante, un Taxi Driver psicópata calando hasta la médula a cada pasajero a través del espejito. Los pasajeros también nos vamos alienando. Por eso subirse al colectivo y dejar atrás el taxi puede ser un alivio. Olvidarse de uno mismo, no hablar, ir deshaciéndose, transmutándose en lo que vamos viendo por la ventanilla, viajar más alto, a veces ir sentado, mirar todo, ser la ciudad, ser eso que se ve, el movimiento. Ser nada, o todo o todos, en lugar de ser uno con su enojo rastrero en la confrontación teatral del taxi. Es un alivio despejarse, viajar en colectivo, distraerse del yo fatal, monoteísta, monotemático, el mono parlante que uno es, y poder por fin divagar por la ventana, papar moscas en tránsito o ir leyendo sabiendo el secreto de que, para no marearse, hay que levantar la vista del libro en cada giro.

Además uno ya tiene el boleto en la mano, ya está pago, ya te ganaste el viaje, lo merecés, es tuyo, no estás debiendo nada. Pagaste un peso veinte por sentarte en esa platea móvil, por el paseo panorámico en una Buenos Aires del año 2010. Se puede ser naif en colectivo. Mirar a las mujeres hermosas que de pronto se suben y transfiguran la mañana, parece que saliera el sol, la belleza llena el aire y después se bajan sin mirarte, siguen en su órbita, vuelve a nublarse el día. Se puede perder la edad, tener nueve años, mirar cómo se refleja el colectivo en las vidrieras, a veces al fondo lejos, a veces cerca, como si fuera avanzando por adentro de los negocios y las casas. Me parece que en el colectivo se me ocurren poemas y en el taxi se me ocurren cuentos.

viernes 23 de septiembre de 2011

El arquitecto


Los domingos al mediodía

el hombre encendía el fuego.

Sus hijos ya crecidos

tenían edad para conseguir

sus alimentos, pero el hombre

acomodaba cuidadosamente

las maderas. Medio cuerpo

adentro de la parrilla.

Poco papel y mucha madera

las palabras brotaban del interior

de la cueva. No miraba a nadie

sólo hablaba y dejar siempre

espacio para que entre el aire

así respira el fuego

Así respira el fuego,

eso decía. Debajo de la parrilla

ha edificado una prolija

vivienda inflamable.

Nosotros ya conocemos

el resto de la historia:

al terminar de hablar

el hombre incendiará

palabras y casa

--el holocausto de costumbre—

y desde la mesa todos sentiremos

lástima al ver arder la bella casa.

Pero en el día del señor

esa es la ofrenda del hombre,

el precio que le pone al hambre

que él mismo inventa.

¿y si no agarra? preguntamos.

Sonríe. La vista

clavada en su obra. Un arquitecto.

Va a agarrar, responde.

Y enciende un fósforo.

lunes 12 de septiembre de 2011

Richard Gwyn


El polvo es verbal. Billones de partículas de dios sabe qué, que se depositan sobre toda superficie, en cada rincón. Engendrando bichos que, debajo del microscopio, se convierten en monstruos grotescos y aterradores. Polvo que se acumula inadvertido e invisible hasta que llega el día en que se lo percibe, y entonces, repentinamente, uno se escucha decir que nunca se había dado cuenta de lo que llena el polvo que estaba en la casa. Polvo y telarañas. Telarañas no perturbadas por mesas o incluso años. Ya pasa de castaño oscuro. Compras un plumero, uno con mango telescópico. Lo abres y plumereas las paredes, debajo de los estantes altos, en los más inaccesibles rincones del salón. Lugares donde el plumero nunca sacó el polvo. Lugares en los que el polvo se apiló. Pasas el dedo por la saliente y lo sacas cubierto de suciedad de 1976. Polvo punk. Ahora es 2000. De lamer ese polvo, te preguntas, ¿te sabría al pasado? ¿El del polvo medieval, el del polvo romano, el antiguo polvo del crepúsculo celta? Recógelo y ofrécelo a la venta en vaso de colores. Polvo pagano, polvo de rinoceronte, polvo de dinosaurio. Polvo del milenio. Polvo removido con cepillo por santos. Polvo de Cristo. Polvo de Buda. El polvo de nuestros ancestros. Desenpolvar: sino fuese una metáfora del olvido podría ser un verbo feliz.

Traducción de Jorge Fonfebrider. Aparecido en Revista Ñ 20-8-011

miércoles 7 de septiembre de 2011

Encuentro de escrituras

A fines de Septiembre me invitaron al Escrituras de Maldonado (Uruguay) a leer poemas de Famiglia y a hablar sobre el libro de poemas que estamos traduciendo con Inés Garland.
Va a hacer calor.

miércoles 31 de agosto de 2011

...


Me pregunto si cuando dentro de unos días abra el blog, me voy a arrepentir o no de lo que estoy escribiendo o, mejor dicho, de lo que estoy por escribir. Pero miro el monitor y despejo la duda: en realidad me importa un carajo. Hace nomás un rato, que después de revisar el correo me enteré de la muerte de Candela. El titular y la bajada de la noticia iban acompañados de una foto de Candela. Era preciosa. Y en notas relacionadas, una foto de un grupo de gente reunida alrededor de algo que no se llega a ver. Entre la gente, el gobernador de la provincia, algunos forenses con barbijos. Y un título: "Ahora sí que no vas a encontrar más a tu hija". La amenaza que que la madre de Candela recibió por teléfono.

Me acaba de llamar O. Estaba mal. Y yo también estoy mal, ahora que escucho la voz temblorosa de de la mamá que sale del televisor, hace unos días diciendo yo estoy segura de que mi hija está viva y de que la voy a encontrar. Tengo las manos apretadas. Por favor, tiene once años, dice la madre.

Al hijo de re mil puta que dejó el cuerpo desnudo de Candela tirado en un baldío de Villa Tesei con el cuello roto y la cara llena de golpes, para ese hijo de puta no quiero juicio. Mataste a una nena de once años. Te deseo la muerte. Y mucho dolor, hijo de puta, mucho dolor. Sin palabras.

viernes 26 de agosto de 2011

Arnaldo Calveyra



La siesta del domingo


Entreabierto a las miradas, el pulcro panteón donde reposan, unos frente a otros, los miembros de una familia.
El sol que cae casi a plomo, penetra sin embargo en el inmóvil grupo. Aquí, a la izquierda y por poco en el suelo, el padre. Sobre esa oscura encina, la madre. En el tercer estante, el más joven de los hijos, muerto joven. A la derecha, las muchachas, muertas de muchos años. En lo que es el piso, si se levantara de su argolla la losa, se vería reposar, en el fervor de la penumbra, con los amigos que más tarde fueron sus cuñados, los restantes hijos varones repitiendo el prolijo conjunto de arriba.
Pero hay una repetición más densa en la muerte: los hermanos mayores vivieron, aún solteros, apartados de la casa por un enorme patio, hermoso como un bosque. En esas habitaciones recibían amigos, tenían una guitarra.
Ahora, entre ellos mismos en severo desnivel, y debajo de los padres, de las buenas hermanas, de su hermano más joven, descansan. Se diría que allá abajo, ocultos por la pesada losa como antes por el bosque, siguen conspirando hermosuras, siguen fuertes en la cacería nocturna, ajenos a la severidad paterna, a la inocencia pacífica, al candor de los blanquísimos paños bordados.
Hay una repetición en la muerte. También la casa, cuando todos ellos estaban en la tierra, permanecía abierta, y con los días festivos hasta el humo de la chimenea despachaba limpieza. Ahora que la muerte recata la puerta y la entreabre sólo, todos duermen la siesta campesina.

Del libro Iguana Iguana.

VISITA

El próximo Lunes 29 de agosto a las 20,00 hs nos visita
ALEJANDRO TLOUPAKIS
En el garage a las 20,00 hs (puntual)
NO tocar timbre. Avisar por cel.
Elflein 3084 (esq. Uspallata)
Entrada libre y gratuita

Alejandro Tloupakis nació en Buenos Aires. Su libro Cuerdas rotas obtuvo el Primer Premio del Concurso Nacional de Narrativa Macedonio Fernández. Obtuvo además, numerosas menciones y reconocimientos. Trabaja como profesor de Escuela Secundaria y coordina talleres literarios.

jueves 25 de agosto de 2011

Escribir largo

La gente, cuando pide perdón por los mails largos. La avergüenza escribir un correo electrónico de más de diez líneas pero habla horas por teléfono y se pasa otra punta de horas chateando. Debe haber cierto pudor por la palabra escrita. Como si escribir largo implicara demorar, molestar. La gente, cuando abre sola el paraguas al final de un mail largo y después de tres párrafos dice no te aburro más con este mail eterno, se disculpa inmediatamente después de consumada su falta. A ver si todavía esto que te escribo parece una carta. Rompe y paga, la gente. Y un poco se desdice porque quiere escribir, quiere cortar más tela, decir, decirse. Pero le teme al aburrimiento, al abuso, al robo de tiempo, a los errores ortográficos, a todo lo que una persona deja ver cuando escribe. Hay algo de histeria en todo esto, porque pide perdón pero lo mismo escribe, se levanta la pollera y rapidamente se la baja, deja picando en la cabeza una imágen subliminal de lo que el lector alcanzó a ver. Pero perdón por mostrar. Y hay también algo de vanagloria en ese ficticio perdón que se busca, la absolución instantánea del pecado diegético. Algo de ego errante. Como si dijeran "Perdón: en 2011 yo escribo mails largos". Y a mí me molesta que me ofrezcan ese perdón. Me molesta que me pidan perdón después de escribirme mails largos. Justo a mí, para el que la palabra escrita y la conversación son casi los únicos medios posibles. Yo, que soy hincha fanático de la delación.

lunes 22 de agosto de 2011

III partido de escritores "Copa de las Sierras 2011"

1. Estiramientos post competitivos junto a mi compañero de equipo, el escritor ruso Demien Bertolinsky, especialmente llegado de San Petersburgo.
2. Como cada vez, promediando el tercer partido de las Sierras, un nuevo poeta acalambrado.
3. Cena de malandras junto a Manuel Soriano, ganador del Premio Nacional de Narrativa, Narradores de la Banda Oriental.
4. Parados, de izq. a der: Cavallo, Soriano, Trujillo, Cabrera, F. de Palleja, Di Tullio y escritor fantasma. Abajo: Bertolinsky, Santullo y Muniz. Minas nos recibió con su habitual frío de mitad de año.




Ciudad de Minas. Julio de 2011.
Archívese.

jueves 18 de agosto de 2011

Agradecimiento


Gracias a Jorge Aulicino por la publicación del poema en el blog:
www.campodemaniobras.blogspot.com

Gracias a la gente de la revista TXT:

miércoles 17 de agosto de 2011

Ignacio Pérez Vincent


AM-PM


Fue aquel reloj detenido sobre altares de piedra,
fue aquel taxi en la lluvia que descendió a los infiernos,
fue aquel latido invencible que orquestó mi memoria,
fue aquel soldado de plomo que se dio por vencido,
fue aquel zombi inmolado en la cima del Everest,
fue aquel palacio de pulgas donde vendí el corazón,
fue aquel pedazo de luna nadando en las sábanas,
fue aquel presunto homicidio que selló nuestros labios,
fue aquel flash de diciembre que encandiló hasta los santos,
fue aquel minuto de oxígeno con los ojos vendados,
fue aquel abrazo prohibido que aún late en mis huesos,
fue aquel silencio de misa que hoy se oye en la sombra,
fue aquel disparo en el pecho que abrió los planetas,
fue aquel sexo de antorchas encendido a destiempo,
fue aquel desayuno de clones envueltos en nylon;
es siempre aquel día sin fecha en el que me fui sin mirar.
Ya no estoy.