IL GARASH
viernes 24 de febrero de 2012
Función privada
Cuando lo miraba tendría seis años. No veía la película que seguía, solamente recuerdo mirar la presentación, escuchar el tema de Amarcord, de Nino Rota. Una música agradable y misteriosa. En la escenografía una diva a quién entonces desconocía por completo. Mucho tiempo después sabría de quién se trataba. Y dos tipos que casi siempre salían al aire copa en mano, tomando alguno de los muchos vinos o licores que les mandaban. La televisión tenía una cadencia pausada y embelesadora. El 7 no era la TV pública que conocemos ahora. Y yo, con seis años, miraba ese programa sin saber su nombre ni porqué me gustaba. Morelli y Berruti fueron el verdadero dúo dinámico de mi infancia.
martes 21 de febrero de 2012
Una máquina de escribir

lunes 20 de febrero de 2012
Wislawa Szymborska in memoriam

Amor a primera vista
Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.
domingo 19 de febrero de 2012
Oro nestas piedras

El vino triste
Agazapada casa m` está sperando
en que vuelva a allá y voy ya voy
digo pero no voy sino me hundo
cada vez más en este bar.
(Tráigame lo de siempre.)
Casa qu` en preguntarme insiste. No
sé respondo sólo hice allá
un adiós como decir tal vez, no sé.
¿Y qué pretendo aquí?
¿Salvarme del pasado cerme el sordo?
Late
la casa y acecha ver qué hago.
Sí, debo tener cuidado, hoy
estaba entre los aburridos aquí
y de repente hice un ademán así
como a tomar el ómnibus de vuelta a, y
lastimosamente derrame el vaso de vino.
Avergonzado
salí a la calle para como siempre
seguir quedándome.
Soy el desaparecido de allá.
miércoles 15 de febrero de 2012
Rectángulos Transparentes

¿Cuántos argumentos hay para defender la causa de las piscinas frente a un puro y duro baño de mar en la playa? A priori parecería que pocos. El río, el estuario o el océano o cualquier otro curso líquido natural arrancan con la ventaja ecológica, con la pureza de colores, olores, sensaciones, para cautivar nuestros sentidos en experiencias que podríamos llamar “más genuinas”. Pero basta situar la situación y el contexto para esa ventaja de plano empiece a mostrar fisuras. La primera: que ese ambiente idílico y supuestamente natural está corrompido de base por la presencia del ser humano y su contaminación. El ser humano es grupo es un poquito nocivo. Habla, grita, prende radios (y otros medios tecnológicos), pavea, tira arena, llora, vuelve a gritar, pega pelotazos, lleva perros que hacen sus necesidades en cualquier lado, en fin. A veces sucede, además, que la playa puede no estar linda. Exceso de algas, agua revuelta, aguas vivas, corrientes frías de la Antártida que congelan el alma, olor a frito de los paradores. Se puede levantar tiempo en cualquier instante y comienza a volar arena cortante. La lista puede ampliarse dependiendo de la playa y sus características.Entonces, de a poco, la piscina –como el caballo que en la carrera entre a la recta final por los palos- comienza a ganar terreno. La piscina es un rectángulo de agua transparente. Artificial, geométrico, racional, controlado, y con un dejo de cloro en el aire. A veces, el hombre se siente cómodo en un contexto que puede manipular a placer. La piscina parece ese paisaje hogareño que se transforma en una playa privada: domina los sonidos, las olas se vuelven una superficie casi plana, craquelada; la arena que se hace piedra alhaja. La piscina es mucho más humana que la playa porque es un invento. Es más civilizada y estilizada. Y también, esterilizada. Pero además, las piscinas pueden ser objetos bellos en sí mismos. El arte contemporáneo ha tomado como referencia a las piscinas como escenario y como tema. Recuerdo a la carrera películas como El graduado, donde un joven broceando y recién egresado Dustin Hoffman tomaba sol ante los directos encares de Mrs. Robinson. O Adiós a Las Vegas, en la que el personaje borracho que representaba Nicholas Cage se sumergía bajo las aguas de una piscina para incrementar la sensación de irrealidad que lo rodeaba. La portada del disco Californication de los Red Hot Chili Peppers también la usó como recurso.Fue David Hockney, el famoso pintor inglés mudado a las colinas de los alrededores de Los Ángeles, quien reflexionó mejor sobre el sentido estético de una piscina. Entre finales de la década del ’60 y mediados de los ’70, Hockney pintó piscinas californianas y elevó ese espacio mojado a la categoría de mito.Uno de sus cuadros más importantes fue The bigger splash, (ver foto arriba), donde el pintor sintetiza un chapuzón dentro de una franja plana de color celeste con unas pinceladas chorreadas de blanco titanio, con una casa de fondo hecha de líneas verticales y horizontales simples.La piscina refleja el cielo pero también refleja su fondo. El agua que queda en el medio, flotando entre dos mundos paralelos, sostiene a los que se animan a desaparecer debajo, como el personaje invisible del cuadro de Hockney.Hay pocas cosas más lindas que sentir la fuerza de una ola en el mar. La piscina traduce esa sensación y la devuelve como una gran pecera humana, quieta y pasiva, donde uno muchas veces cree estar dentro de un cuadro.
Valentín Trujillo
martes 14 de febrero de 2012
Buen viaje

Suegros (II)
lunes 6 de febrero de 2012
miércoles 18 de enero de 2012
Fernández de Palleja

martes 17 de enero de 2012
Vieja con perra
como un arbusto seco en este aire polvoriento
espera que su perra de tetas fláccidas
beba el agua turbia de la acequia de los maizales.
Mientras espera, embozada en su manta,
nos observa largamente: pasajeros aburridos
de un ómnibus cuyo desmañanado conductor
mea como un caballo detrás de una tapia.
La perra ahíta se le va
pero regresará pronto con más perritos.
En este caserío tan pequeño
nadie se aleja nunca.
El ómnibus reanuda su marcha
y los pies de la vieja ahora parecen penetrar
el subsuelo. Como la Baucis del mito,
enraizada, ya no dará un paso más, y el sol
que se enciende de súbito
la convierte a lo lejos en una fogata oscura.
José Watanabe
lunes 16 de enero de 2012
jueves 12 de enero de 2012
Gwyn

miércoles 11 de enero de 2012
Suegros (I)
martes 10 de enero de 2012
Caligrafías
Hombre en blanco que deja encendida la radio de la habitación de al lado para que le lleguen voces. Espía por una de las grietas de la noche, puede ver:
a un niño que educa una mano, pasa la pluma por encima de palabras apenas escritas en lápiz
en un cuaderno de caligrafías.
a un niño analfabeto que repite palabras que le dictan los dioses.
a un niño en guardapolvos que dibuja palabras que le dictan sus maestros.
Pero el niño no sabe escribir.
a un niño que intenta rezar por las noches y piensa en lo que dice.
El niño cree tener el poder de meterse en las palabas. Y la oración es a la vez ruego y homenaje.
Hay algo en el recuerdo del niño que fue el hombre
que ahora regresa del lejano país y se queda pensando en el poema
que siempre queda en la punta de la tinta.
martes 27 de diciembre de 2011
Tirarse la goma
domingo 11 de diciembre de 2011
lunes 5 de diciembre de 2011
miércoles 30 de noviembre de 2011
Hugo Mujica: dos poemas.

HACE APENAS DÍAS
Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto.
Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.
Hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba.
Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.
HAY PERROS QUE MUEREN DE LA MUERTE DE SU AMO
Hay perros
que mueren de la muerte de su amo
cuerpos que no hacen el amor,
hacen el miedo
que no se agitan,
tiemblan.
Y hay hombres
en los que muere dios
como una gota de lacre
sobre el pecho
de un torso de mármol,
son los que lloran cuando creen
estar hablando,
o gritan soñando, pero al alba
olvidan el grito
con que encendieron la noche.
Hay hombres en los que gime dios
por no encontrar un hombre
donde morir de carne,
pero no llora como quien lo hace
solo,
llora como quien llora abrazado a un niño.
Un saludo para Joao Cabral de Melo Neto

Estoy queriendo un poema para Ud.
lunes 21 de noviembre de 2011
Nota en Brecha


SECUENCIA
Dialéctica de blog
miércoles 19 de octubre de 2011
Cuando todos se vayan

Cuando todos se vayan a otros planetas yo quedaré en la ciudad abandonada bebiendo un último vaso de cerveza, y luego volveré al pueblo donde siempre regreso como el borracho a la taberna y el niño a cabalgar en el balancín roto. Y en el pueblo no tendré nada que hacer, sino echarme luciérnagas a los bolsillos o caminar a orillas de rieles oxidados o sentarme en el roído mostrador de un almacén para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre los mismos hilos de su red caminaré sin prisa por las calles invadidas de malezas mirando los palomares que se vienen abajo, hasta llegar a mi casa donde me encerraré a escuchar discos de un cantante de 1930 sin cuidarme jamás de mirar los caminos infinitos trazados por los cohetes en el espacio.
viernes 7 de octubre de 2011
martes 4 de octubre de 2011
LOS ENTREGADORES por Fabián Muniz
A Hugo Rovira...
El sol desprendía sus primeros rayos en la estación Sosa Díaz cuando Eudosio, el estanciero, el patrón, bajaba y subía a ritmo parejo el hacha, mientras colocaba los rolos en posición de ser despedazados. Las astillas casi se hacían solas a esa altura de la vida. Los perros ladraban. El hombre comenzaba a traspirar, pero aún no sudaba. Primero se arrimó Jesús, el peón más antiguo que tenía. Era con el único que se podía tomar mate de la misma bombilla, decía él. Porque los nuevos nunca le habían terminado de convencer, y si no fuera porque había mucho más trabajo que antes, hubiera preferido quedarse solito con Jesús. Ayer desapareció otro caballo, Jesús. Nos están robando como loco. No diga, jefe. Parece mentira. Se podía estar tranquilo hace unos añitos. Y ahora… menudos sabandijas son por acá. Yo, si llego a ver alguien de noche, Jesús, le meto una bala en la frente, le meto. Que no te quepa duda. Siguió con la leña y Jesús fue a dar agua a los últimos caballos que quedaban en la estancia. El alambrado cubría cerca de cien hectáreas, y eso era mucho para la vigilancia de dos personas. Eudosio estaba veterano ya, y Jesús hacía lo que podía. Los otros eran medios vagos, pero Jesús notaba cómo su trabajo individual había disminuido con la llegada de ellos, y entonces no tenía por qué protestar. Además el patrón no era él. De repente, Jesús sintió el motor de
El camino de regreso se había poblado de fantasmas. En su cabeza el pasado ganaba volumen poco a poco, como en el ícono de la cadena evolutiva, donde vemos al primer hombre agachado y con rasgos simiescos, y al último recto y de pie, caminando hacia un futuro incierto. Eudosio recordó. Recordó mucho. Recordó, por ejemplo, cuando Jesús había llegado a la estación. Era un mozuelo, inocente, que fue aprendiendo a los golpes. Recordó la historia de cuando Jesús tuvo hambre por el camino, y se detuvo en el Almacén a comprar una torta frita. Como era enorme y él se había llenado con la mitad, le dio el resto al caballo. Esa noche el caballo durmió acostado en el camino, con un dolor en el costado que, ni aunque tuviera palabras, habría podido expresar. Los agónicos quejidos del equino sirvieron para comprender el grado del ardor de la puntada. Él, preocupado por la demora, salió a alcanzarlos y se trajo al chico en la camioneta, dejando al caballo acostado, porque era imposible moverlo. Cuando llegaron, metió a Jesús al galpón oscuro, lo hizo arrodillarse y castigó su espalda con el rebenque hasta que la columna vertebral comenzó a asomarse por la piel. Los gritos del muchacho sonaron espeluznantes, sin embargo nadie los oyó. Nadie excepto Eudosio había para oírlos. Nadie le tuvo compasión. Al otro día, el caballo estaba rodeado de moscas en el mismo lugar del camino que lo habían dejado tirado. Pero en ese momento no había robos por el pago. Era un lugar seguro y todos se conocían. Fue con la parcelación y venta de terrenos, cuando muchos extranjeros habían llegado. Y con ellos, nuevos peones de otros lados de Canelones. Otros seres de los que nada se sabía habían invadido la tierra natal de Eudosio. Y fue entonces cuando comenzó la decadencia. Recordó el velorio de Alberto. Todos estaban vestidos de negro, llorando a cántaros, y Minas se había convertido en un lugar sombrío. Regina era muy chiquita y no entendía nada. Se acercaba a cada uno de los familiares del difunto diciendo ¿Te asustaste cuando tu padre mató un chancho? Y les aplaudía en las narices. Todo el mundo miraba a Eudosio y se desconcertaba por aquella niña irrespetuosa. Hasta que él la tomó del brazo y se la llevó lejos, donde le dio un escarmiento. Luego todos fueron a la playa, en Salinas, y tiraron las cenizas al mar, como lo había ordenado en su testamento el finado. Recordó, también, al alemán que tuvo que huir, porque había llegado a Sosa Díaz ocultándose de la policía. Se dedicaba a la pornografía infantil. Llevaba consigo una maleta con muchísimas imágenes asquerosas, que sólo unos pocos enfermos y pedófilos podrían comprar. Sin embargo, para refutación de esa hipótesis, el alemán era millonario. Cuando un oficial preguntó a Eudosio por él, éste le mostró dónde se hospedaba el viajante rubio. Por supuesto Eudosio no supo, hasta ese momento, a qué se dedicaba el señor Hoffmann. Solo sabía que estaba de paso y que no se quedaría mucho tiempo. Como pagaba el alquiler con prolijidad, Eudosio no había sospechado nunca de nada. Cuando el oficial y Eudosio le tocaron la puerta a la pequeña casucha en la que se hospedaba Hoffmann, nadie contestó. El oficial y un raso, flaco y alto como el cuello de una jirafa, tiraron la puerta al tercer empujón. Hoffmann ya había abandonado el predio y, posiblemente, el departamento o el país. Solo se le habían olvidado algunas imágenes que había apartado quién sabe para qué. Era tan desagradable ver aquellas fotografías que la policía las guardó en una carpeta de archivos y se llevó a Eudosio para averiguación. Lo soltaron al poco tiempo, porque no tenían cargos contra él.
Cuando dejó de recordar, ya había llegado al campo. Estacionó
domingo 25 de septiembre de 2011
TAXIDERMIA por Pedro Mairal
El taxi no te deja olvidarte de vos mismo, con esa cosa personal de uno a uno con el taxista, incluso si no le hablás, ese silencio, mirando caer las fichas del taxímetro del yo, esa deuda que se va acumulando, y el aire de gran señor que te da el taxi, todo ese auto para vos, para tu destino individual. Por un ratito tenés chofer. Y entrás en su ámbito, su anexo doméstico, su olor, su humor, su radio, su ideología, su hartazgo general, su bronca vial acumulada, su peluche colgando del espejo. Te encapsulás con él todo el trayecto. Por quince o veinte pesos, sos su confesor y él el tuyo. (Se me ocurre un consejo para la Iglesia: poner taxis-confesionario, con curas taxistas; subís, te dice: ¿Tiempo desde la última confesión?, baja la banderita y arranca. Entre el asiento de adelante y el de atrás iría una división con esterilla. Nombre posible de la empresa: El buen camino.)
No sé si es la fugacidad de ese vínculo entre chofer y pasajero lo que provoca la confesión, pero no falla, no bien se baja la bandera, taxista y pasajero se intervomitan sus secretos horrendos: infidelidades, frustraciones, tragedias personales, crímenes... Total, el otro se va a perder en la multitud y hay que aprovechar la oreja momentánea para volcar la inquina destilada. Encima a mí no me salva ni el fútbol. El otro día un taxista me preguntó de qué cuadro era. De Racing, le contesté. Ah, somos vecinos, me dice y se me queda mirando, esperando mi reacción. Silencio. Yo me acordé de Independiente de Avellaneda, pero no estaba seguro, capaz que había otro vecino, así que no dije nada. El siguió con el examen y dijo: ahora el 22 jugamos con River... Me miró inquisitivo por el espejo, pero sonaban grillos en mi sonrisa silenciosa. Pobre tipo. Y pobre de mí, también. El diálogo era como un formulario; me dejaba la frase picando para que yo completara el espacio en blanco. Al final no quedó más remedio que caer en territorio seguro y unánime: hablar mal de Macri.
Supongo que el estrés del tránsito, la violencia de la calle y la alienación van haciendo de cualquier persona sana un Travis Bickle al volante, un Taxi Driver psicópata calando hasta la médula a cada pasajero a través del espejito. Los pasajeros también nos vamos alienando. Por eso subirse al colectivo y dejar atrás el taxi puede ser un alivio. Olvidarse de uno mismo, no hablar, ir deshaciéndose, transmutándose en lo que vamos viendo por la ventanilla, viajar más alto, a veces ir sentado, mirar todo, ser la ciudad, ser eso que se ve, el movimiento. Ser nada, o todo o todos, en lugar de ser uno con su enojo rastrero en la confrontación teatral del taxi. Es un alivio despejarse, viajar en colectivo, distraerse del yo fatal, monoteísta, monotemático, el mono parlante que uno es, y poder por fin divagar por la ventana, papar moscas en tránsito o ir leyendo sabiendo el secreto de que, para no marearse, hay que levantar la vista del libro en cada giro.
Además uno ya tiene el boleto en la mano, ya está pago, ya te ganaste el viaje, lo merecés, es tuyo, no estás debiendo nada. Pagaste un peso veinte por sentarte en esa platea móvil, por el paseo panorámico en una Buenos Aires del año 2010. Se puede ser naif en colectivo. Mirar a las mujeres hermosas que de pronto se suben y transfiguran la mañana, parece que saliera el sol, la belleza llena el aire y después se bajan sin mirarte, siguen en su órbita, vuelve a nublarse el día. Se puede perder la edad, tener nueve años, mirar cómo se refleja el colectivo en las vidrieras, a veces al fondo lejos, a veces cerca, como si fuera avanzando por adentro de los negocios y las casas. Me parece que en el colectivo se me ocurren poemas y en el taxi se me ocurren cuentos.
viernes 23 de septiembre de 2011
El arquitecto

Los domingos al mediodía
el hombre encendía el fuego.
Sus hijos ya crecidos
tenían edad para conseguir
sus alimentos, pero el hombre
acomodaba cuidadosamente
las maderas. Medio cuerpo
adentro de la parrilla.
Poco papel y mucha madera
las palabras brotaban del interior
de la cueva. No miraba a nadie
sólo hablaba y dejar siempre
espacio para que entre el aire
así respira el fuego
Así respira el fuego,
eso decía. Debajo de la parrilla
ha edificado una prolija
vivienda inflamable.
Nosotros ya conocemos
el resto de la historia:
al terminar de hablar
el hombre incendiará
palabras y casa
--el holocausto de costumbre—
y desde la mesa todos sentiremos
lástima al ver arder la bella casa.
Pero en el día del señor
esa es la ofrenda del hombre,
el precio que le pone al hambre
que él mismo inventa.
¿y si no agarra? preguntamos.
Sonríe. La vista
clavada en su obra. Un arquitecto.
Va a agarrar, responde.
Y enciende un fósforo.
lunes 12 de septiembre de 2011
Richard Gwyn

miércoles 7 de septiembre de 2011
Encuentro de escrituras
miércoles 31 de agosto de 2011
...

viernes 26 de agosto de 2011
Arnaldo Calveyra
El sol que cae casi a plomo, penetra sin embargo en el inmóvil grupo. Aquí, a la izquierda y por poco en el suelo, el padre. Sobre esa oscura encina, la madre. En el tercer estante, el más joven de los hijos, muerto joven. A la derecha, las muchachas, muertas de muchos años. En lo que es el piso, si se levantara de su argolla la losa, se vería reposar, en el fervor de la penumbra, con los amigos que más tarde fueron sus cuñados, los restantes hijos varones repitiendo el prolijo conjunto de arriba.
Pero hay una repetición más densa en la muerte: los hermanos mayores vivieron, aún solteros, apartados de la casa por un enorme patio, hermoso como un bosque. En esas habitaciones recibían amigos, tenían una guitarra.
Ahora, entre ellos mismos en severo desnivel, y debajo de los padres, de las buenas hermanas, de su hermano más joven, descansan. Se diría que allá abajo, ocultos por la pesada losa como antes por el bosque, siguen conspirando hermosuras, siguen fuertes en la cacería nocturna, ajenos a la severidad paterna, a la inocencia pacífica, al candor de los blanquísimos paños bordados.
Hay una repetición en la muerte. También la casa, cuando todos ellos estaban en la tierra, permanecía abierta, y con los días festivos hasta el humo de la chimenea despachaba limpieza. Ahora que la muerte recata la puerta y la entreabre sólo, todos duermen la siesta campesina.
VISITA
jueves 25 de agosto de 2011
Escribir largo
lunes 22 de agosto de 2011
III partido de escritores "Copa de las Sierras 2011"
jueves 18 de agosto de 2011
Agradecimiento
miércoles 17 de agosto de 2011
Ignacio Pérez Vincent







